Sexting: sujetar el móvil con una mano

Sexting

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Mientras el sexting se expande como práctica, Facebook informa de que los servicios de mensajería han aumentado más de un 50% durante la pandemia

El Comité de Gestión Técnica de la Crisis del Coronavirus está encabezado por el doctor Fernando Simón –portavoz, epidemiólogo experimentado, 57 años, jersey y vaqueros–. Desde que la crisis del COVID-19 llegó a España, y más concretamente desde el decreto de estado de alarma, cinco personas, –dos de ellas uniformadas con millones de chapas metálicas en el pecho–, se han apropiado de nuestras televisiones. Uno de los primeros mensajes que nos quisieron transmitir lo pronunció el general del aire y jefe de Estado Mayor de la Defensa, uno de esos dos uniformados, Miguel Ángel Villaroya: “Todos los días son lunes. Esto es una guerra”. Si es esto cierto, si estamos en una guerra, que sepa el general Villaroya que en las trincheras hay más sexo que miedo. Aunque el sexo sea de trinchera a trinchera a través de una pantalla. Hablemos de sexting.

Eva, Marta, Oihane, Xabier y Magdalena

Según Facebook, los servicios de mensajería han aumentado más de un 50% durante la crisis sanitaria. Especial incidencia han tenido las llamadas de voz y vídeo a través de WhatsApp y Messenger. En este aumento de consumo tienen un importante papel Eva, Marta, Haizea, Oihane, Xabier y Magdalena (nombres ficticios), puesto que los seis, tras la cuarentena impuesta por la pandemia, han decidido practicar sexting.

Eva no se despega de la aplicación verde de Mark Zuckerberg, WhatsApp: “En cuarentena un ‘¿Qué haces?’ no es una pregunta cualquiera”.

[22:47, 30/3/2020] EVA: Me aburro, ¿qué haces?

[22:47, 30/3/2020] Persona X: Veo la tele, nada interesante

[22:49, 30/3/2020] EVA: Pf, a ver cuándo nos vemos…

[22:49, 30/3/2020] Persona X: ¿Ahora?

(Videollamada entrante)

“El sexting surge cuando menos lo esperas, pero también cuando más lo esperas. A veces surge y ya. Otras veces o guías o te guían en la conversación. Quien guía es siempre quien está cachondo. Quiere hacer partícipe al otro”, explica Eva. Ella quiere dejar patente que es algo para lo que necesita conocer mucho a la otra persona. Eva cree tener sus inseguridades bien atadas, pero delante de la cámara del móvil las inseguridades quieren escaparse. “Esa confianza que crees que tienes, se tambalea”, jura.

Miedo a acabar en el móvil de otros

En un estudio realizado por Save the Children en 2019 se obtuvo una cifra terrorífica: el 70% de los encuestados había sido víctima de violencia en el entorno digital siendo menor de edad. En 2018 se había observado otro dato alarmante: el número de denuncias relacionadas con el sexting había aumentado un 46% con respecto al año anterior, según los datos facilitados por la Secretaria de Estado de Seguridad.

“Mi mayor miedo es que alguien conozca esa versión animal de la intimidad de estar conmigo misma”, lamenta Eva. Y denuncia: “A pesar de haber oído explícitas guarradas de los chicos de clase durante mi adolescencia, aún somos nosotras las que tenemos esa falta de seguridad”. El informe de Save the Children es atravesado por una cuestión de género: el 77% de los detenidos por violencia online son hombres. A Eva no le hace falta conocer el informe para conocer la realidad.

Miedo a acabar en la pantalla de otros también tiene Magdalena: “El sexting es posible porque ha habido un cambio de paradigma social. Pero aun así alguna vez he temido que alguna imagen mía acabe en una red social, y por eso me he cerrado, en muchas ocasiones, a la práctica. Pero luego lo piensas y dices: ‘Es solo un cuerpo, un cuerpo desnudo’”. Haizea también tiene esa falta de seguridad, aunque se rebela contra la autoinculpación: “Confío en mi pareja al 100%. No doy muchas vueltas a la posibilidad de la difusión. Si alguna vez pasara, el problema no sería mío por hacerme fotos sino suyo por enviarlas”.

Vergüenza y pudor

La segunda acepción de ‘pudor’ es el concepto exacto, social y estructural, para explicar lo que sienten las mujeres al situarse desnudas delante de una cámara: sentimiento de vergüenza hacia lo relativo al sexo o la desnudez.

María Torre, sexóloga y divulgadora en Ars Eróticas (clic) de la cuestión erótica, aclara de dónde viene esta emoción: “Somos educadas socialmente en la sanción. No hemos deconstruido esta idea, sentimos vergüenza y pudor, también miedo. Lo tenemos muy dentro. Al leernos nosotras mismas nos salta el piloto automático de la sociedad diciendo: ‘Ten cuidado. No te pases’.

A eso le sumamos el juicio sobre nosotras mismas. Los hombres se sienten más amparados porque socialmente pueden verbalizar los deseos y tienen más poder sobre sus cuerpos”. Lo corrobora Eva cuando reflexiona en que hay algo que no cambia en todas las relaciones sexuales que tiene a través del teclado: “Siempre –dice– al terminar me siento ridícula. No quiero verme a mí misma de una forma sexual. Las huellas digitales del texto o la imagen me dan mucho pudor. No puedo releerme siendo explícita”. También lo apoya Haizea: “Al principio te sientes muy ridícula diciendo depende qué cosas. Luego lo lees y te preguntas ‘¿De verdad has dicho eso, Haizea?’”.

«Me gusta gustar, y me gusto»

“Antes me costaba enviar fotos, era tímida, tenía ciertas inseguridades. Ahora mismo me miro al espejo y me pongo a mí misma. Digo: ‘Joder, joder’. Ahora en el momento de sacarme una foto se esfuman las vergüenzas. Me gusta gustar, y me gusto”.

Marta tiene una carpeta en su móvil con fotos que se ha sacado en momentos en los que se veía bien y que usa en estos momentos incluso con diferentes personas: “Hay que tener en cuenta que la mitad de las veces me gusta provocar la situación y yo no estoy ni siquiera cachonda, mucho menos tocándome –admite entre risas–. ¿Estoy en la cama y te crees que me voy a levantar para ir al baño, desnudarme y sacarme unas fotos? Pues no, tiro de carrete”.

“Somos educadas socialmente en la sanción”, María Torre, sexóloga

Para Eva, el sexting es “supervivencia”. Está de acuerdo Oihane: “Es una buena alternativa a la imposible opción física de la relación. Lo que más se echa de menos es lo más obvio, el contacto”. Magdalena también admite que echa de menos “el clima que se crea entre dos cuerpos”. “Los ritmos, imposible obtenerlos a través del móvil”, añade. Pero para Magdalena esto no es más que masturbación compartida: “Considero haber tenido buen sexo a través de WhatsApp. Una prueba más del poder de la imaginación. Sexo conmigo misma donde otra persona está formando parte de ello”.

Xabier es la excepción aquí. No echa de menos lo físico, no es parar él ni “supervivencia” ni “alternativa”: “Es simplemente otra forma de practicar sexo. Sería como decir que echas de menos la penetración cuando estás practicando sexo oral. Cambia el contenido: son las palabras y las imágenes del cibersexo contra las sensaciones del sexo convencional”.

Una habitación propia

Desde el pasado 14 de marzo la población residente en España está recluida en sus casas. Según un estudio reciente de eldiario.es, casi el 30% de los españoles vive entre cuatro paredes de no más de 90 metros cuadrados. Esto dificulta tener tiempo para ti, en intimidad. Además, la casuística es tan variada como compleja: parejas sexuales que han tenido la suerte de quedar confinados juntos, parejas sexuales que han quedado aislados cada uno en una ciudad, personas acompañadas de sí mismas en perpetua soledad y familias numerosas que apenas tienen espacio para pensar. Lo que uno echa en falta, quien que se encuentra en sus antípodas, lo aborrece. Casi como norma podemos establecer que los más afectados en cuanto al deseo son los adolescentes y jóvenes no independizados. Porque crecer sexual y psicológicamente es una tarea que nunca acaba y es necesaria en tiempos de COVID-19.

“Tener una habitación propia es imprescindible«, María Torre.

Así lo explica la sexóloga María Torre: “Tener una habitación propia es imprescindible. Aunque sea un rinconcito. No solamente para tener encuentros eróticos, lo que comúnmente conocemos como sexo. Para pararnos y disfrutar de unos minutos de leer. Algo que hagamos solos y disfrutarlo plenamente. Hay que guardar espacios donde poner límites para estar un determinado tiempo para ti sola”.

Reivindicar el «rinconcito»

Las protagonistas de esta historia, todas, reivindican su “rinconcito” propio. “Muchas veces me apetece masturbarme y no puedo porque están mis padres todo el rato dando vueltas, cotilleando”, se resigna Xabier. “Duermo con mi hermano, somos cinco en total. Mi intimidad se ve reducida a 10 minutos en la ducha”, dice Haizea. “Somos cuatro personas en casa. Siempre te ronda el runrún de que puedan entrar en tu cuarto. Esperar a la noche sería limitar la experiencia sexual”, sostiene Eva. “Necesito una habitación para mí sola”, protesta Marta. Para Magdalena es más que “imprescindible”, es “vital”. “Por mucho que estés en tu habitación, no estás del todo relajada porque oyes y te pueden oír. Aprovecho la imperdonable hora de la siesta”, sentencia Oihane.

La sexóloga María Torre pone paz: “Como todo, depende”. “El sexting depende de la connotación. Para unas personas el coqueteo no es sexo, las caricias tampoco. Para otras, sí. Cuando hay una intención sexual, hay sexo. Puedes sentir que un comentario con una amiga o un amigo puede no ser sexting, en cambio, el mismo comentario con otra intención, sí. No es el mensaje como tal, es más el contexto y la intención”.

sexo ciborg

Para que esta práctica tenga sentido tiene que existir un componente tecnológico, pues se reproduce gracias a Internet, concretamente a las aplicaciones de mensajería instantánea y de llamadas o videollamadas. El cibersexo o sexting es necesariamente online.

“La tecnología es una herramienta que debemos saber usar. Debemos trabajar la imaginación con su ayuda. Fomentar el erotismo. Hay que activar el chip para ver que tu sexualidad puede ir mucho más allá del momento que pactamos para los encuentros”, aconseja la sexóloga María Torre. Como explica, la tecnología puede ayudarnos “si gestionamos bien su uso”.

Xabier es tajante. “La tecnología es el medio sobre el que se produce la experiencia sexual, ni coarta la relación ni la desarrolla”, observa. “Es como decir que la cama favorece la creatividad o la coarta, se pueden hacer millones de cosas en la cama o tener un sexo hiper aburrido. En Internet igual”. Para Magdalena, esta reflexión es un quebradero de cabeza, pues a su juicio, coarta la imaginación pues no hay improvisación. Acto seguido se corrige a sí misma: “No la coarta, la potencia porque no queda otra”.

“A mí la tecnología me corta el rollo”, añade constructivamente Haizea. “Saltan las notificaciones y, en fin, ¿cómo sujetas el móvil?”, pregunta. La respuesta: con una mano.