Martín Villa y los estertores del 78

Martín Villa

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Estertores con nombre y apellido, que están induciendo al coma a la democracia: González, Aznar, Zapatero y Rajoy defendiendo a un exalto cargo franquista como Martín Villa, que declarará por crímenes de lesa humanidad

Cuando Rodolfo Martín Villa recibió el nombramiento de gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de Barcelona a Francisco Franco todavía le palpitaba el corazón. Martín Villa había sido el encargado de encauzar un sindicato, el vertical, años antes. Y ahí debieron ver en él un hombre de democracia, pues, con el primer gobierno sin el Dictador vivo, el corto y presidido por Arias Navarro, se nombró a Rodolfo ministro de Relaciones Sindicales. Los sindicatos aún estaban perseguidísimos, claro. Hoy sería ministro de Interior.

Movimiento obrero: acción-represión

La economía española estaba de rodillas, como casi siempre, y los obreros se levantaban en manifestaciones porque apenas había para comer. Los sindicatos desde la sombra, fomentaban la lucha, la huelga, el hermanamiento popular. Y también lo hacían los grises: todos para uno, armados y con la legitimidad de la ley dictada.

Se cifra en más de 17.000 las movilizaciones que se dieron durante el último año de dictadura. Son también más de 17.000 las actuaciones de represión de unas fuerzas de seguridad del Estado, aún, franquista. Los grises, bien vestidos, apaleaban con el placer del sádico. Muerto Franco, ¿había llegado ya la democracia?

Vitoria, 3 de marzo

El 3 de marzo de 1976 ya había muerto Franco, no había corazón palpitante por ningún lado, pero las porras de los grises aún golpeaban en la cabeza y los disparos aún eran medicina antiobrera. 

Más de 4.000 trabajadores reunidos (aún no había derecho a reunión) en el barrio de Zaramaga de Vitoria eran un problema. Muchos de ellos, trabajadores de las Forjas Alavesas, industria metalúrgica. Allí llegó la Policía Armada, una institución creada tras la victoria de los franquistas, que perseguía, para hacernos una idea, a los maquis por las montañas, por toda la orografía ibérica. Y allí mataron a 5 personas e hirieron a cerca de 200. Martín Villa, desde entonces, es el señalado como el máximo responsable de aquel crímen, pues poseía la cartera de lo que equivale hoy a Ministerio de Interior.

Visitando a los heridos Rodolfo Martín Villa y Manuel Fraga (dos patas del franquismo que apuntalarían la transición sin ruptura al nuevo régimen, el del 78) se dice que un familiar de los allí presentes les lanzó un mensaje muy amable: “¿Habéis venido a rematar a los heridos?”. Probablemente no, pero tampoco se puede poner la mano en el fuego por quienes encienden la llama.

Se atrevieron a lanzar gases lacrimógenos dentro de la iglesia del barrio vitoriano. Y entre humo, lanzamiento de pelotas y porrazos, la masacre del 3 de marzo allí quedó tatuada contra la ciudad. Y los nombres de Pedro María Martínez Ocio (27 años), Francisco Aznar Clemente (17), Romualdo Barroso Chaparro  (19), José Castillo García (32) y Bienvenido Pereda Moral (30) para siempre recordados.

Servini, la piedra en el zapato

Como ningún juez español se ha dignado a dictar justicia, tuvo que venir la jueza argentina, Servini, a requerir al exalto cargo franquista. ¿Por qué? Por «delitos de homicidio agravado» en un contexto de crímenes de lesa humanidad por sucesos como los de los Sanfermines de 1978 (un muerto, 150 heridos) o la masacre de Vitoria el 3 de marzo de 1976 (5 muertos, más de 100 heridos), entre otros. Martín Villa tendrá que declarar este 3 de septiembre (a través de videoconferencia) ante la jueza por esta querella nacida al otro lado del charco.

Y llegan Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy y redactan unas cartas en apoyo al ministro de la Transición, y este se las hace llegar a la jueza. Pero también los exsecretarios generales de UGT y CCOO Nicolás Redondo, Cándido Méndez, Antonio Gutiérrez. Traidores todos a la democracia que vendrá (si viene o la traemos), sospechosos de un pasado roto para muchos, para los exiliados, los perseguidos, los atrincherados, los reprimidos.

Mientras Rodolfo Martín Villa saluda con el brazo en alto, los líderes eméritos de los principales sindicatos de este país, como se ha dicho, perseguidísimos hace apenas 50 años, agachan la cabeza.

Amnistía para todos, baratita

En las cartas se alude a una ley de amnistía que, se supone, todo el pueblo aceptó y ratificó con su silencio durante décadas. Aunque en Vitoria se siga llorando cada 3 de marzo. 

Rodolfo Martín Villa no es más que un principio, el primer paso y primer franquista que pasa ante los tribunales, y la defensa de los expresidentes y sus mensajes implorando mirar hacia futuro sin reparar el pasado y sin reparar en el pasado, estertores de moribundo. Una democracia que huele a coma inducido, que no puede más consigo misma porque se creó como farsa y se mantuvo como ficción para el disfrute de los sangrientos.