Contra el fin de la historia: De las ideologías modernas a las posmodernas

De nuevo el fin de las ideologías

Una ideología, en su definición clásica, se entiende como una cosmovisión capaz de generar alternativas políticas globales y completas y definiendo modos políticos y económicos de ordenar el mundo (R. Del Águila, 2002). Esta definición responde a las lógicas de las ideologías modernas que tiene como núcleo el mundo material, el conflicto capital-trabajo. Por lo que, en la era de la posmodernidad. no se podrían incluir las nuevas ideologías (feminismos, ecologismo, etc.) ya que el estadio histórico contemporáneo parece haberse centrado en otras cuestiones de índole más cultural.

De alguna forma esto daría la razón a las tesis de Rafael del Águila en el sentido de que la democracia liberal y el estado de bienestar han triunfado como único sistema viable hasta la fecha. Esto se debe, en gran medida. al proceso de naturalización del sistema que se ha producido en estas últimas décadas. La naturalización implica la desideologización y la pérdida de militancia. Lo que da espacio a que las nuevas ideologías se puedan desarrollar. El liberalismo no es militante per se; el socialismo/comunismo, sí; el primero necesita la hegemonía para desarrollarse; y, el segundo, necesita valores para mantenerse.

“Don Juan ha muerto; una nueva figura, mucho más inquietante, se yergue, Narciso, subyugado por sí mismo en su cápsula de cristal.” (G. Lipovetsky, 1983) y es en esta sociedad que se mira a sí misma donde el individuo se ha liberado de los arquetipos de la modernidad. El paso de una sociedad industrial a una sociedad de servicios no acaba con el conflicto de clases proletario-burgués, sino que lo enmascara y lo atomiza.

Ya no existe una identidad que agrupe a los obreros, hoy los obreros no entran y salen de la fábrica a la misma hora igual vestidos, ya no frecuentan el mismo bar después de trabajar, ya no se juegan el tipo en los piquetes. Ahora los obreros se han diversificado y no se reconocen, porque ya no son el arquetipo marxista de obrero de mono azul, la clase obrera o un concepto más posmoderno y seguramente más acertado en la actualidad, acuñado por el economista Guy Standing, el precariado, no tienen identidad común. Son la enfermera con contrato temporal, la rider de Glovo, el becario de una oficina o la periodista freelance.

Diversidad y otras «trampas»

A esta incapacidad de reconocerse como lo mismo y más con el arquetipo que sigue operando en la izquierda tradicional, hay que sumarle la complejización del individuo en las últimas décadas. Los obreros ahora son mujeres, son transexuales, son feministas, son veganos, son cinéfilos, son gamers, son negras, son mucho más de lo que eran, o de lo que se creía que eran. Es decir, la clase obrera con la democratización cultural que supuso la cultura de masas, tras la revolución cultural comenzada en los años 60, la revolución sexual posterior, más el auge de los movimientos feministas, ecologistas, negros, etc.

No se conforman con ser simplemente obreros. Esta diversidad individual tiene como caldo primigenio, nos guste o no, el estado de bienestar (ya hemos comentado anteriormente que se vacía de valores al naturalizarse y permite al individuo buscar esos valores en las nuevas ideologías). Pero esto no quiere decir que tengamos que ver a la democracia liberal como el fin de la historia como vaticinaba Fukuyama. 

¿Muerte de las ideologías modernas?

¿Esto significaría la muerte de las ideologías modernas? Definitivamente no. La historia ha conducido a una mixticidad ideológica, donde las dos grandes ideologías modernas beben la una de la otra. Un ejemplo claro de esa mixticidad es la socialdemocracia, el sistema liberal frente al avance de las revoluciones socialistas se ve forzado a ceder en el espacio social para evitar que los obreros se alcen. El problema que presenta este sistema mixto es el de estar equilibrado, lo que condena a las dos partes, sociedad/estado y mercado, a entrar en una pugna constante por mantener las trincheras. Además los nuevos movimientos sociales que aspiran a ser ideologías stricto sensu tienden a llenarse de viejos valores y viejos análisis para completarse.

Guerra cultura

La guerra cultural no da victorias que creen militancia a largo plazo, por lo que hacen falta horizontes materiales por los que luchar y es ahí donde la teoría marxista puede intentar revivir. El feminismo intenta integrar el análisis marxista con “Calibán y la bruja” (1998) de Federicci (entre otras) y se hace anticapitalista, entendiendo que el capital y el patriarcado están unidos. Lo mismo ocurre con el ecologismo que se da cuenta que el sistema neoliberal basado en la producción continua y en la compra venta de productos no es sostenible. Por su parte el neoliberalismo viendo peligrar su posición hegemónica al convertirse en el punto de mira de prácticamente todos los movimientos y no teniendo forma de crear sentimiento de grupo/militancia repite el patrón de la guerra fría con el anticomunismo y se convierte en la trinchera de todos aquellos que ven en los movimientos sociales un peligro. Esto se articula, no por un «Yo» común (al menos en su origen), sino por un «Otro» común, es decir, como una identidad reactiva y no proactiva. 

Mestizaje ideológico

Al igual que las sociedades en el contexto de globalización tendemos al mestizaje, las ideologías parecen seguir la misma senda, hasta el punto de que parece el único camino para que las ideologías modernas sobrevivan y para que las posmodernas se mantengan. El marxismo debe alejarse del dogmatismo adquirido, Marx y Lenin tienen propuestas útiles e interesantes, pero la sociedad ha cambiado, se ha complejizado, y tal vez de tanto hablar de luchas parciales, la lucha obrera se ha convertido en una lucha parcial para gran parte de la sociedad. El liberalismo como ya hemos mencionado para mantener su posición necesita enemigos que lo articulen. 

Una sociedad descreída de revoluciones armadas y de cambios totales se articula en torno a su identidad. “Necesito la identidad como un arma para que coincida con el arma que la sociedad tiene en mi contra.” (S. Sontag). Y con la identidad como arma se buscan pequeñas conquistas, cambios paulatinos, que pueden terminar en un cambio completo.

Epílogo

A modo de epílogo añadir que hablar del fin de la historia por un lado es conformista ya que se da el triunfo total a una ideología haciendo ver que no hay posibilidad de cambio, entumeciendo cualquier movimiento que aspire a un cambio parcial o total del sistema. Por otro lado es altamente narcisista creer que la época coetánea sea el estadio final de la sociedad humana y que no haya políticamente nada más allá de nosotros. Además acusamos un occidentalismo casi insalvable al hablar en estos términos y de estas ideologías ya que el triunfo de la democracia liberal y de la socialdemocracia no va más allá de las sociedades occidentales. 

Bibliografía

Del Águila, R. (2002): De nuevo el fin de las ideologías, en Antón, Joan (coord.), Las ideas políticas en el siglo XXI, Ariel, Barcelona, España. pp. 59-67. 

Lipovetsky, G. (1983): La era del vacío. Anagrama, Barcelona. 

Question Why Films (Productora) y Kates, Nancy (Directora) (2014) Regarding Susan Sontag [Película]. Estados Unidos: HBO Documentary Films.