SEGUNDA CARTA: EMPUÑÉ UN ARMA PORQUE BUSCO LA PALABRA JUSTA

En memoria de todos los que lucharon, de los que se exiliaron, de los que murieron y de los que desaparecieron; en memoria de todo el pueblo argentino que sufrió la represión más salvaje e inhumana, publicamos estas cartas, que han sido escritas por personas que vivieron de primera mano el golpe que tuvo lugar hoy hace 45 años y que desató una brutal represión. Cartas que buscan acercarnos a aquel momento, que nos permiten entender un poco mejor aquella situación, y que acerca a las nuevas generaciones la lucha revolucionaria de aquellos que aspiraban a un mundo mejor.

  • Cartas a la memoria: 45 años de la dictadura cívico-militar argentina (clic)
  • Primera carta: Todo está guardado en la memoria (clic)
  • Segunda carta: Empuñé un arma porque busco la palabra justa (clic)
  • Tercera carta: Sueña y serás libre en espíritu, lucha y serás libre en la vida (clic)
  • Cuarta carta: Muchacha ojos de papel (clic)

La siguiente carta, titulada como la célebre cita del poeta y guerrillero Paco Urondo “empuñé un arma porque busco la palabra justa”, ha sido escrita por una antigua militante del PRT-ERP (Fracción Roja). Docente y directora teatral, ha publicado junto con ex-presos de la cárcel de Coronda el libro Detrás de la mirilla. Tras el golpe, el año 1977 tuvo que exiliarse con su compañero y su hija de dos años en Barcelona, y regresó a Argentina tras la caída de la dictadura.

Segunda carta: empuñé un arma porque busco la palabra justa

Al escuchar en la actualidad los debates sobre la injusticia, el reparto arbitrario de la riqueza, la dominación violenta a la que el capitalismo nos sigue sometiendo, se resignifica con claridad la lucha de nuestra militancia.

Por los años setenta, para no ir más atrás, les jóvenes estábamos tomades por la convicción de un cambio urgente.

Los barrios, las Universidades, las fábricas, eran usinas de pensamiento y acción. Porque ese cambio imprescindible y POSIBLE no vendría sino de la mano del compromiso y la entrega militante.

Por eso muches dejamos la comodidad de la familia, de la profesión, del futuro confortable y correcto, por una vida más dura, menos previsible, pero infinitamente más esperanzadora. Nos sentíamos protagonistas. El mundo no era pensable sin nuestra participación.

Mi vida de muchacha universitaria, de un hogar clase media, sin tradición política ni aspiraciones desmedidas, dio un vuelco al calor de las manifestaciones callejeras, el ejemplo de la Revolución Cubana, la efervescencia social y la convicción de que sólo poniendo el cuerpo daríamos vuelta la tortilla.

Y así lo hice, junto con tantos miles.

Elegí el camino de una organización de izquierda, internacionalista y revolucionaria, la Fracción Roja del PRT. La política en esos tiempos se entendía como una práctica cotidiana, donde nuestras vidas daban cuenta de nuestras metas.

No existía por entonces el despliegue de hoy en día en cuanto a los asuntos más domésticos, los cuidados ambientales o las cuestiones de género. Sin embargo, nosotres, intuitivamente y con la experiencia transmitida por los grandes movimientos revolucionarios de la historia, intentamos no solamente disputarle el poder al sistema, sino transformar desde adentro y en nuestras relaciones cotidianas, los modos de vivir.

Junto con la lucha, la clandestinidad, el dolor por quienes caían en la lucha, fuimos forjando los vínculos que hoy perduran en el tiempo, y son nuestres hijes quienes nos convocan al fogón de la memoria.

Algunes pudimos construir en el exilio una vida nueva, o por lo menos intentarlo. Mi casa, como la de tantes, se convirtió en puerto de llegada para quienes podían todavía intentar salir de Argentina, con el dolor y la bronca de la muerte a cuestas.

Encontré en Barcelona una ciudad abierta y generosa, por aquél entonces. El espíritu festivo de la muerte de Franco todavía reinaba en las calles. Catalunya era poderosa en su lucha por la independencia, se respiraba un aire esperanzador, que era lo que más necesitábamos quienes llegábamos de una terrible derrota.

Estoy segura que nada nuevo estoy diciendo, son historias que conocemos. Sin embargo, vuelvo al inicio y pienso que los cuarenta y cinco años que nos separan de aquél 24 de marzo, no han cambiado  las coordenadas de este mundo, más bien las han empeorado. Me pregunto entonces cuáles serán los nuevos modos de tomar en nuestras manos las herramientas que destruyan esta normalidad tan bestial que hemos terminado aceptando como la única posible.

Ojalá la rebeldía encuentre su camino.

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE

Graciela Camino