La Revolución francesa y la violencia como herramienta política

Revolución francesa

¿Es la transición a otro modelo social necesariamente un proceso áspero o violento como lo fue la Revolución francesa?

lamordaza.com está financiada por tres estudiantes de Periodismo de la UPV/EHU y los gastos nos dejan tiritando. Caen nuestras notas académicas. Nuestras familias nos echan de menos. Son muchas horas tecleando. ¿Nos invitáis a un café con una donación? Aquí te dejamos nuestro Ko-fi. ¡Gracias!

Hoy 14 de julio se celebra el Día Nacional de Francia, conmemorando la toma de la Bastilla hace 231 años. Cuando pensamos en la Revolución Francesa solemos pensar en un periodo convulso y sangriento, en el que rodaron cabezas indiscriminadamente. Sin embargo, solemos olvidar algo esencial: se encargó de destruir gran parte de los resquicios feudales en Francia y sirvió, junto con la Revolución americana de 1775, como ejemplo a seguir por parte de las fuerzas democrático-burguesas de Europa.

Se suele romantizar la Revolución como el intento de materializar las ideas Ilustradas e integrar en la sociedad los nuevos valores y morales de libertad e igualdad burguesas, pero se suele repudiar, a su vez, los métodos utilizados. Todos y todas habremos escuchado en muchas ocasiones la típica frase de “no puedes cambiar las cosas por la violencia” o “el uso de la violencia deslegitima tu opinión”. Pues bien, la historia parece que desmiente estas afirmaciones reiteradamente.

VIOLENCIA COMO HERRAMIENTA POLÍTICA

Con esto no se pretende hacer apología a la violencia como herramienta política, sino más bien se pretende echar un vistazo a la historia y quitar algunas “capas tabú” sobre este tema. De hecho, tal y como señala el gran historiador Chris Harman respecto al enfrentamiento entre la clase burguesa francesa y la aristocracia, “la división de la sociedad en torno a estos dos polos rivales no la ocasionó la burguesía, sino la reacción aristocrática”, y por tanto “lo que produjo el levantamiento inicial no fue la masa del pueblo deseosa de algo nuevo, sino el intento del antiguo orden de volver atrás”. Es decir, la violencia no vino por parte de las fuerzas “progresistas” de la sociedad, sino de las reaccionarias. Y este mismo patrón lo podemos observar en otros hechos históricos, como en las revoluciones inglesa y americana.

De hecho, no es necesario ir a eventos puntuales de brutalidad reaccionaria, podemos simplemente ver por encima la historia del movimiento obrero y no encontraremos un solo día en todo este tiempo en el que no se haya ejercido la represión sistemática de la reacción contra este. Y es que, tal y como señalan Marx y Engels, “el poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra”.

EL PODER POLÍTICO COMO VIOLENCIA ORGANIZADA

Es decir, el Estado es la herramienta que tiene la clase dominante para mantener a raya a las clases oprimidas, no sólo mediante las fuerzas coercitivas sino también mediante la reproducción ideológica. Así, la veda que abrió la Revolución Francesa fue la sustitución del Estado aristocrático por el Estado burgués. La burguesía dejó de ser clase oprimida para consolidarse como clase dominante, para tener en su poder los aparatos represivos e ideológicos del Estado.

Es por esto que la transición de un modelo de sociedad a otro implica necesariamente conflicto, ya que en una sociedad de clases existen intereses materialmente contradictorios entre estas. Así pues, cuando las “fuerzas progresistas” pretenden avanzar hacia un modelo social diferente al existente en un momento concreto, no lo podrán hacer sin encontrar resistencia, y esa resistencia por parte de las clases dominantes será más férrea cuanto más se pretenda avanzar en estos objetivos.

Como ejemplos históricos de intentar alcanzar el poder mediante la vía legal por parte de fuerzas “demasiado” progresistas podemos observar la victoria del Frente Popular en España en 1936, considerado una amenaza vital por la gran burguesía y la aristocracia española que llevaron a cabo el golpe de Estado y sumieron a España en una guerra civil; o el golpe de Estado al Chile de Allende en 1973, en el que la brutalidad reaccionaria se cobró la vida de miles de personas y violó de manera sistemática los derechos humanos.

LA ESPADA DE DAMOCLES

¿Quiere esto decir que siempre que queramos cambiar la sociedad nos encontraremos con periodos convulsos y de gran conflicto? ¿Acaso no somos una sociedad moderna y pacífica que ha superado las “viejas” maneras de hacer política? Podríamos ir a la cárcel o a Bruselas a preguntar a los presos catalanes qué tal les ha ido desafiar al Estado español “amb somriures, y eso que su aspiración no era la superación del sistema económico vigente, sino únicamente un reajuste territorial.

Siempre oímos la frase de “tenemos que aprender de la historia”, y para ello debemos, precisamente, echarle un vistazo. Sería bonito decir que ya no somos una sociedad como las de antes, que hemos superado todo tipo de manera de hacer política conflictiva. Pero vivimos en una sociedad de clases, y eso significa que el conflicto es permanente, que una clase mantiene sobre las demás la espada de Damocles. Rosa Luxemburgo decía que “quien no se mueve no siente las cadenas”. Quizá le faltó agregar, “y a quien se mueve le caerá la espada sobre la cabeza”.