Ginestà y la mística de la revolución obrera

Marina Ginestà

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Decía el periodista Torriente Brau en 1936 que, a sus 17 años, era delgada, fina, con un  lacio pelo negro que le sacudía la frente como el ala de un pájaro imprudente. La describía con inteligencia en los ojos y decisión en sus gestos. Marina Ginestà Coloma pasó a la historia como la cara agraciada de la Guerra Civil española, de la resistencia antifascista. Pero, la cuestión principal, es que Ginestà fue mucho más que una joven con un fusil en la azotea de un hotel. Marina fue escritora, periodista en las trincheras, militante y prisionera en un campo de concentración franquista, de esos que tan poco se recuerdan. Aun así, resulta curioso que una de las imágenes más famosas de la oposición contra el fascismo en España sea la de una joven que, por aquel entonces, solo había disparado un fusil por error. 

Ana Martínez Rus le dedica un espacio en su libro Milicianas. Mujeres republicanas combatientes. Escribe sobre la ascendencia comunista de Ginestà y reincide en la paradójica idea de que uno de los iconos más recordados de las milicianas sea una mujer que no luchó en los combates. Y no es de extrañar, pues, como bien explica la autora, las mujeres republicanas no fueron del agrado del movimiento. Vistas más bien como una encarnación del sueño obrero, un objeto de deseo. Nunca como verdaderas compañeras. 

Guerra

Durante los primeros años de guerra, Marina Ginestà publicaba artículos en el diario Verdad, fue mecanógrafa e intérprete del hombre de Stalin en Madrid, Mijaíl Koltsov. Participó, además, en el asalto al Cuartel de Atarazanas (Barcelona), el cual describe Torriente Brau. El periodista escribió cómo Marina, a pesar de su corazón de acero, siempre guardaría un recuerdo para lo que vio aquel día, una madre miliciana abrazada al cuerpo sin vida de su hijo.
Sentenció la entrevista augurando el prometedor futuro que le esperaba a aquella joven de 17 años: “Será una dirigente famosa y, si algún día la fusilan, morirá cantando La Internacional”. Pero no murió fusilada, sino que, tras estar presa en un campo de concentración alicantino, se exilió a Francia. Posteriormente, con la llegada del ejército nazi, marchó rumbo a México, pero jamás concluyó el trayecto. Terminó en la República Dominicana huyendo de la dictadura de Rafael Trujillo y partiendo, en 1964, de nuevo a tierras francesas. 

Ginestà es un ejemplo más de la necesidad de darle rostro a un movimiento social  -en este caso el obrero- para despertar empatía, ternura o, incluso, deseo. Una cara bonita que desafía, con una Barcelona combatiente tras de sí y un fusil al hombro, encarnado el espíritu de las Juventudes Socialistas durante la Guerra Civil. Fue mucho más que esa sonrisa. La vida de Marina Ginestà, la lucha obrera, el sufrimiento de la guerra y el fusilamiento de sus compañeros quedan subyugados al poder de una fotografía.