El periodismo ciudadano como aliado en tiempos de crisis

Periodismo ciudadano

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Antes de comenzar es preciso aclarar que un periodista es aquel que se forma para ello y que, por ende, el término de “periodista ciudadano” debería ser reemplazado por uno más preciso. No obstante, no seré yo quien acuñe tal término, sino que dejaré a los expertos que, si así lo estiman oportuno, lo hagan. Por lo tanto, en el presente artículo nos valdremos del término “periodismo ciudadano”.


En los últimos años la cuestión del “periodismo ciudadano” ha generado un no menos polémico debate entre los profesionales de la información y hasta la academia. Y es que, no son pocos los que hablan de la “crisis del periodismo”, pero ¿es el periodista ciudadano un enemigo real de los periodistas?

Una de las grandes críticas que recibimos es nuestro, a veces, tremendo carácter de “egocentrista sabelotodo”.  Y es que, en el marco de un mundo marcado por la hiperconectividad, es imposible que seamos omnipresentes (nunca lo fuimos y, lamentablemente, nunca lo seremos). 

A menudo, olvidamos que nuestro trabajo, si está “bien hecho”, en términos éticos, se construye sobre la información recabada de nuestras fuentes, ya sean testigos directos o indirectos de un hecho o expertos de un tema concreto. Además, toda pieza informativa debería abordar el hecho desde perspectivas distintas. Así pues, si decidimos hablar de la guerra de Siria, tendremos que contar el conflicto no solo desde la mirada de los norteamericanos sino también desde la de los sirios y la de los rusos, por ejemplo. 

Por tanto, ver al periodista ciudadano como a alguien que nos “hace la competencia” no es más que un error fruto de no solo no ser capaces de “ver más allá de nuestras narices”, sino del no saber reconocer a una buena fuente de información. Generalmente, este tipo de informadores son especialmente útiles (en términos informativos) en aquellas zonas en conflicto a las que no llegan los corresponsales o enviados especiales.

Es importante destacar que muchos de ellos llegan a jugarse la vida en pos de visibilizar determinadas situaciones, por ello el término de “periodismo ciudadano” a menudo va acompañado del de “activismo o ciberactivismo”. Un ejemplo de ello fue el caso del vídeo que muestra la muerte de la joven de 26 años, Neda Agha Soltan tras recibir el disparo de un francotirador de la milicia basiyí, durante una de las protestas que tuvieron lugar en el año 2009 contra el gobierno iraní, a propósito de las polémicas elecciones presidenciales que tuvieron lugar. Este vídeo fue grabado por otros iraníes que también estaban en la protesta para después difundirlo en las redes sociales y que se hiciera justicia.

Al principio del presente artículo hablé de “la crisis del periodismo”. Y es que, a lo largo de la historia, hemos oído sendas críticas de menosprecio hacia lo que definía Gabriel García Márquez como “el mejor oficio del mundo”. De hecho, contundentes afirmaciones como la de que “cualquiera puede ser periodista” emanan de las bocas de, al fin y al cabo, víctimas de una sociedad que, desde su base, habla de “letrasados para referirse a aquellos que se dedican al mundo de las Humanidades y Ciencias Sociales.

La realidad es que todos nos escandalizaríamos si alguien dice que “cualquiera puede ser médico, arquitecto o ingeniero”, pero parece que no sucede lo mismo con el mundo de la información y esto es en parte y, lamentablemente, por nuestra culpa.

Antes e incluso ahora, especialmente entre la población de la tercera edad, todo lo que dijeran los medios de comunicación era cierto “porque lo había dicho la tele o la radio”. No obstante, los lectores y oyentes actuales han perdido la confianza en los medios de comunicación y en los rostros que les dan vida. Se habla de “manipulación”, de mentiras y hasta de “desinformación” (tratemos de evitar el término “fake new” porque, según Desirée García, miembro del equipo de fact-cheking de la Agencia Efe, es una invención del actual inquilino de la Casa Blanca: Donald Trump).

Cuando digo que parte de la responsabilidad del descrédito en que hemos caído es de los propios periodistas, me refiero a que algo tan básico como la “obligatoria” labor de contrastar con un mínimo de tres fuentes la información, parece haber quedado relegado a algo que se le dice a los estudiantes de primer curso en la materia de “Noticia Periodística”.

Ahora bien, ciertamente, tratar de alcanzar la “inmaculada objetividad” es una utopía, pero nunca se debe, ni se debió perder el rigor y la minuciosidad con que ha de trabajar siempre todo periodista. Por tanto, rechazar y atacar a nuestras fuentes de información, como son los periodistas ciudadanos, no es más que un error que no deberíamos cometer si deseamos llegar “a todos lados” y hacer un tratamiento debido y riguroso de la información que damos.

Rigor, veracidad y honestidad: esas deben siempre ser las máximas del buen periodismo.