Carmelo Garitaonandia: “Lo que muchas veces encubren los problemas étnicos son problemas de clase”

Carmelo Garitaonandia (Bilbao, 1949) es ahora un profesor emérito que se dedica incansablemente a la investigación en el ámbito de la tecnología y la investigación. Pero no podemos reducir a Garitaonandia ni a una edad –70 años–, ni a sus más de noventa páginas de curriculum vitae.

Más allá de ser Doctor en Ciencias Políticas y licenciado en Derecho (UCM), así como poseer el máster en Información y Comunicación Audiovisual tras su paso por la Université de Paris VII, ha sido profesor adjunto en la Autónoma de Barcelona, visiting en la de Filadelfia y finalmente catedrático en la Universidad del País Vasco. Vicerrector de esta última entre 2009 y 2017 y director de la primera revista académica online, Zer. A Carmelo no se le puede reducir ni a su edad, ni a sus largas investigaciones, ni a sus publicaciones, ni a sus desempeños laborales. Carmelo va más allá de todo esto. Sintiéndose asfixiado por una profunda conciencia de clase durante su juventud, ahora disfruta del ritmo de la vida con menor preocupación.

El pasado año, el proyecto en el que trabaja y trabajará hasta 2022 con el Instituto Nacional de Ciberseguridad, EU Kids Online (click), ganó el concurso Unicef del Estado español.

Carmelo aplica la amnistía (el olvido, en griego) desde lo más profundo de sí mismo: su paso por la dirección de ETA, su fuga de la cárcel de Segovia, la Ley de 1977.

De sus investigaciones sobre la tecnología y la comunicación me interesa especialmente la que ha desarrollado con jóvenes. Niños de diferentes edades y estratos sociales. ¿Cuáles han sido las conclusiones a las que ha llegado con esta investigación permanente?

Hablando de conclusiones, varias cosas. La primera que el riesgo no significa daño. Pero advertir que en Internet hay riesgos como en la vida ordinaria. Yo suelo poner el ejemplo del mar. ¿Cuál es la mejor forma de que un niño no se ahogue? No dejarle entrar nunca al agua. Pero si no le dejas entrar nunca al agua ni va a disfrutar de las olas ni se va a bañar ni va a poder bucear. Pues Internet es un igual. Internet implica riesgos, pero si no se corren riesgos no se obtienen beneficios. Además, me ha ayudado a conocer a mis hijos.

Consideras que entonces su proceso de investigación va a ser mejor padre y mejor abuelo.

Sí [risas]. Sobre todo, a no tener miedo.

Eligió la docencia y la investigación en vez de la práctica del periodismo. ¿Se arrepiente?

No, no me arrepiento. La evolución de los medios ha sido muy complicada. Yo creo que es culpa de las facultades: no ha habido un control en el número de licenciados y graduados que lanzábamos al mercado.

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¿Con qué se queda de su paso por la Hoja de los Lunes, Tribuna Vasca, Arbola, El País, El Correo, El Mundo Siglo XXI, El Mon, Deia y Radio Nacional de España?

En muchas ocasiones, ahora, la colaboración en medios es charlatanismo. Gente que ignora lo divino y lo humano, pero tiene la audacia de hablar de todo y normalmente no saber nada.

¿Cree que la tecnología precariza a los estratos más bajos e impulsa a los más altos?

Las diferencias se acrecientan. La tecnología supone un coste. Justo acabo de enviar a un colega de profesión una noticia sobre una propuesta del Partido Laborista en la que proponen la nacionalización de la red británica de telecomunicaciones para garantizar justamente esto, que todos puedan acceder a la red.

Cuestión de capital. El futuro social pasa también por estas cuestiones que propone Corbyn en materia tecnológica.

Normalmente las clases altas tienen acceso a más posibilidades. El futuro social pasa por ir estrechando la brecha digital.

Ya durante su juventud desempeñó la labor del profesor, la docencia.

Aquello fue durante la época en la que estuve estudiando en Madrid. Yo tenía una fuerte preocupación social, por formación cristiana. Daba clase a gitanos en un barrio humilde, muy deprimido: El Pozo del Tío Reimundo (distrito del Puente de Vallecas). Darles clase… enseñarles a escribir y a leer, un poco de cultura.

Excluidos siempre. ¿Aporofobia o xenofobia?

Lo que muchas veces encubren los problemas étnicos son problemas de clase. Por ser pobres. En el tiempo que viví en Estados Unidos yo vivía en un barrio blanco y los negros en un barrio negro. Entrabas en un barrio y las casas eran sucias, las farolas estaban rotas, la basura… nadie te tenía que decir que estabas entrando en un barrio negro. Era un barrio de pobres. Las diferencias raciales en grandísima medida son diferencias sociales.

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También pasó por Altos Hornos de Bizkaia.

Desde que me expedientaron en la Universidad de Ingenieros de Madrid volví aquí, a Bilbao. Entre mis convicciones sociales estaba la de luchar con los obreros. No se me ocurrió una mejor idea que liberar a la clase trabajadora en Altos Hornos.

¿Es allí donde forjas tu carácter político?

Es algo progresivo. Iba a las asambleas. Estuve en el famoso concierto de Raimon [concierto protesta, click] que viví en la Facultad de Económicas. Me interesaba lo que ocurría en Vietnam. Iba adentrándome en la política. Éramos marxistas y liberar a la clase trabajadora era nuestro objetivo. Tras el expediente tuve que buscar trabajo. A la vez, entré en ETA. La Guardia Civil fue a buscarme a Altos Hornos. Ahí empezó mi vida clandestina, pues publicaron una orden de busca y captura. Me detuvieron en marzo del 1971.

Mira, a mí me aplicaron la Ley de Amnistía de 1977. Amnistía proviene del griego, amnestía, es decir, olvido. De alguna forma la amnistía es un compromiso de olvido por ambas partes: la sociedad se olvida de lo que has hecho y tú te olvidas de los años de cárcel que has pasado.

“De alguna forma la amnistía es un compromiso de olvido por ambas partes: la sociedad se olvida de lo que has hecho y tú te olvidas de los años de cárcel que has pasado”

¿Las fugas eran más simbólicas que prácticas?

Pertenecíamos a organizaciones políticas enfrentadas al Régimen. No, no salíamos para ir a las Bahamas. Salías porque en cierto modo suponía un golpe a la dictadura. Por otro lado, te incorporabas a la lucha contra esa dictadura, una lucha que desde la cárcel no podías desarrollar.

Tras la amnistía. ¿Ha influido el prejuicio en su desempeño laboral?

Cuando te detenían aquí, en Euskadi, lo primero que te preguntaban era en qué bando había luchado tu padre. Entendían que el hijo de un gudari no era adepto al Régimen. Supongo que sí habré recibido alguna mala mirada, pero por lo general, este país (Euskadi) era muy contrario al Franquismo. A mí, como a muchos, me recibieron como a un héroe. No he notado el estigma.

Por su tribuna irónica y crítica en El País titulada “ETA mátalos, pero a todos” (click) tuvo que declarar ante los juzgados por una apertura de expediente de la Audiencia Nacional. Repito, irónica y crítica. Sólo por su título.

Hay que entender que salíamos de una dictadura. Era un periodo ilusionante y eso acompañaba a un clima social de mucha más libertad. Las sensibilidades eran distintas… gobernó el PSOE. Luego el PP llegó con sus mayorías absolutas a recortar esas libertades.

En noviembre de 2016 se desarrollaron una serie de enfrentamientos entre Ertzaintza y manifestantes contra el proceso de selección de nueva rectora. Fueron momentos tensos. ¿Cómo lo vivió?

Me acuerdo perfectamente, ante el intento de una ocupación del rectorado intervino la Ertzaintza, que detuvo a cinco personas. Las fui a ver para garantizar que se respetaban sus derechos. Hubo tensión, mucha tensión. Yo ocupaba un cargo relevante. Te insultaban. Te responsabilizaban de la situación.

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¿Qué ideales perseguía el Carmelo que tenía veintitantos?

Cuando yo era joven pensaba que esto se podía cambiar rápidamente. Las cosas cambian muy poco a poco.

¿Un olor que siempre recuerde?

Te daré un color. La fuga de Segovia: sentí el pasar de una película en blanco y negro a una película en color. La cárcel era ese mundo de grises.

¿Cómo entiende la vida ahora?

Me siento menos responsable de lo que ocurra en la sociedad. Durante décadas sentí que la sociedad dependía de mí. Comprendí que la sociedad va a su marcha y que yo soy uno más. Me sentía obligado a intentar cambiar la sociedad. Sentía presión en la conciencia. Ahora las cosas van y yo voy también.

Un libro.

Ahora sobre la mesa tengo “The testament” de John Grisham. Acabo de terminar El hombre inocente de Henning Mankell. Pero si me preguntas uno que recuerdo siempre: “El hombre que amaba a los perros”, de Padura.

¿Y cuál considera su mayor virtud?

Quizá sea lo contrario a una virtud si le preguntas a mi mujer o a mis compañeros rectores [risas]. No reflexiono, necesito resolver los problemas cuanto antes. La impaciencia. Pero también me lo perdono.

¿A quién no daría la mano?

Por educación, lo siento, me vería incapaz de no dar la mano a alguien. Nosotros dábamos las buenas noches a los funcionarios que nos chapaban la puerta de la celda.

¿Una fobia?

Llegar tarde. Al aeropuerto voy con dos horas de antelación, y si tengo que coger el avión con tres horas (risas).

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