Los cadáveres de Toñi, Miriam y Desirée se encontraron en las inmediaciones del caserón de La Romana el 28 de enero de 1993. Durante los siguientes días, la prensa y los medios audiovisuales construyeron un relato instructivo de la violencia y el terror sexual, un relato que solo puede entenderse bajo el amparo de un régimen sexista
ELVIRA LACORZANA
La explotación mediática de la violencia y el terror sexual es uno de los puntos álgidos de la historia que cubre al pueblo de Alcàsser. Unos medios de comunicación sin escrúpulos, con un sensacionalismo excesivo y con poca delicadeza, mantuvieron a la sociedad española al tanto de cada novedad del caso, sin dejar atrás ningún detalle de la historia ni de los acusados.
El brutal asesinato de las tres adolescentes fue entendido, desde un criterio meramente periodístico, como un hecho que cumplía con todos los criterios de noticiabilidad que había que explotar y rentabilizar. Durante la década de los 70, el mercado de la información se diversificó tanto que la competitividad por informar cada vez era mayor. Esto fue idóneo a la hora de realizar una cobertura sensacionalista, poco contrastada y sesgada del asesinato de Toñi, Miriam y Desirée. De hecho, algunos periodistas que cubrieron el caso, consideran que la calidad de sus informaciones fue pésima, precisamente por esa rivalidad que mantenían los medios entre sí.
Medios escritos
Cuando ocurre un caso que conmociona tanto a la sociedad como el de Alcàsser, los medios de comunicación juegan un papel fundamental en la construcción del relato de este crimen, y en el trato de la información que se da a los lectores.
Así pues, en medios como ABC o El País, muchas de las noticias que se pudieron leer fueron clave a la hora de crear una imagen del caso. Un ejemplo claro fue el artículo del ABC “Que les paguen con la misma moneda”, publicado un día después del hallazgo de los cuerpos de las niñas. Un artículo que muestra el enfado y la ira de la sociedad, y presenta cómo el pueblo pide un castigo ejemplar para los violadores. No obstante, no se dice nada sobre las adolescentes, ni sobre por qué fueron asesinadas. La violencia sexual, y su carácter político -feminicidios-, quedan en un segundo plano. Las alusiones son, constantemente, dedicadas a la bestialidad de los ejecutores, ninguna al sufrimiento de las víctimas.
Se hicieron también frecuentes alusiones a la situación socioeconómica de los agresores, tanto de Ricart como de los hermanos Anglés, presentándolos como personas que viven en un entorno desestructurado y difícil para llevar una vida sana y normal. Fue una manera de justificar sus acciones, aludiendo a que no eran personas normales, llevándoles así a actuar como lo hicieron.
Justificaciones
Además, los medios de comunicación no perdieron la oportunidad de exponer a sus lectores la orientación sexual de uno de los agresores identificados: Antonio Anglés. A través de información que proporcionó su cómplice Miguel Ricart y algunos de sus compañeros de cárcel, los medios lo presentaron como un hombre homosexual con un odio hacia las mujeres muy interiorizado. Según fuentes cercanas a Anglés, la rabia que sentía el acusado hacia las mujeres venía por la “facilidad” que ellas podrían tener a la hora de mantener una relación con un hombre, y las dificultades que él sufría por su orientación sexual.
Esta es una manera más que tuvieron los medios de comunicación de crear una imagen de víctima de los agresores, una manera de justificar sus actos. Nerea Barjola en su libro “Microfísica sexista del poder” plantea que la sociedad y, por ende, los medios de comunicación, encontraron en la sexualidad un mecanismo de control a partir del cual justificar la tortura física y sexual de las tres jóvenes.
Así pues, es evidente que los medios de comunicación dibujaron un perfil muy concreto de los asesinos. Miguel Ricart y los hermanos Antonio y Enrique Anglés fueron retratados como bestias más que como hombres, y el discurso que se transmitía promovía la idea de que un “hombre de bien”, un esposo y padre de familia, jamás podría cometer un crimen de tal crueldad. Con arreglo a esta lógica, los crímenes solo pudieron ser cometidos por un hombre que se sitúa en la “anormalidad”, en la animalidad y en la locura.
Continúa el sensacionalismo
Tras salir del penal de Herrera de la Mancha después de cumplir 21 años de prisión de los 170 a los que había sido condenado, Miguel Ricart, alias “El Rubio”, cogió un tren en la estación de Atocha del que se desvió hasta llegar a Linares. El revuelo mediático que causó su excarcelación el 29 de noviembre de 2013 le obligó a abandonar España. En apenas dos semanas pasó por Córdoba, Valencia, Gerona y finalmente Francia, donde se le perdió la pista. Hasta ahora.
Aquel 2013 en el que el criminal fue puesto en libertad, el ansia mediática por saber de su situación y paradero continuaban en auge. Es por eso que «El Rubio» fue sometido a un discreto control por parte de las fuerzas de seguridad.
Aparición de Ricart
No obstante, fuentes ajenas a Ricart, se hicieron eco de su posible reaparición en la capital española este 2021. Las RRSS se llenaron de testimonios de ciudadanos que aseguraban haberle visto en el metro, en las calles de la ciudad, o en las zonas más desfavorecidas de Madrid. Tras las dudas de si era él u otro hombre con un cierto parecido físico, las fuerzas de seguridad procedieron a la identificación de Miguel Ricart en las inmediaciones de un edificio okupado en el barrio madrileño de Carabanchel que, según los vecinos, se utiliza como ‘narcopiso’.
Así pues, el sensacionalismo de un caso de tales magnitudes se puede ver cómo continuará, al parecer, de manera indefinida. Los medios de comunicación se beneficiaron, de alguna manera, de los asesinatos. Concretamente, la prensa se valió́ del crimen de Alcàsser para rentabilizar y sacar beneficio del terror sexual y, además, fue una manera de incrementar las ventas y el tráfico turístico pasando por alto el dolor de las jóvenes asesinadas y de sus familias. Nada de eso tenía importancia, se sobrepasaron los límites.