Industria de la moda: Vestir es político

La industria de la moda, Icía Vázquez

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Según la ONU, la industria de la moda es, después de la petrolífera, la más contaminante

Un útero gigante con diferentes tonos y variaciones de rojo –carmesí, sangre, caoba, vino– y transparencias es, para Mónica, una tienda de campaña donde descansar. Es su cueva propia. Una prueba de acceso para estudiar diseño en Holanda el próximo año: “Cuando termine, haré bolsos y bolsas de la compra con el útero para los que me han ayudado con él”. Antes de ello se regodea: sube al monte y se encierra en la matriz de tela y se fuma unos pitillos mientras sigue construyendo el proyecto. Se mimetiza. El objetivo es construir un lugar donde dormir. Respira dentro. Pretende unirse a las telas diseñadas como si ella fuera el feto a través de un cordón umbilical de activismo político. Una denuncia a la industria de la moda y en general, al la industria textil.

Mónica ha entendido el siglo XXI. “Mientras se da la restructuración del sistema de consumo –dice planteándolo como una utopía– prefiero preocuparme por dejar el menor impacto posible”. (Clic aquí para ver el útero de @lasmovidasdemonis)

La segunda vida del textil es para Mónica una realidad desde hace dos años. Dos años sin consumir ropa de nueva producción de las grandes corporaciones. “Di el paso tras tener información suficiente como para decirme a mí misma que no podía seguir consumiendo así. Fue algo natural. No supuso un cambio drástico. Me considero diferente y la segunda mano me ayuda a mostrarme diferente a través de mi forma de vestir”, explica.

Industria, industria, industria de la moda

Según la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), la industria de la moda es la segunda más contaminante del mundo. Por delante solo se encuentra la industria del petróleo. Para producir unos pantalones se necesitan 7 500 litros de agua, es decir, unos siete años de consumo de agua potable para una persona promedio. “No sabemos que el sector del textil es el que más agua limpia consume. Tampoco sabemos que es responsable del 8% de las emisiones de gases de efecto invernadero o del 24% de los insecticidas usados. Nos cuesta porque, aunque tenemos la información, no queremos oírla. El sistema está muy bien preparado para llegar a nosotros”, denuncia Jon Kareaga desde Bangladés, el país más contaminado del planeta, dañado por la industria de la moda.

Allí se halla tejiendo, nunca mejor dicho, redes para desarrollar proyectos que se aporten de forma bidireccional a través de BASK, una marca de ropa sostenible nacida en Euskadi. (Clic para conocer BASK)

“Creemos en la moda como elemento de transformación social y de ser inspiración y conciencia diaria hacia las personas que nos rodean y son parte de nuestra comunidad”, repite Jon como una máxima. Para BASK, “el futuro de la industria textil ha de ser sostenible”. Sin embargo, a Mónica esto le suena a canto de sirena, por un lado y a pasito de hormiga bienintencionado, por el otro. “Tengo un dilema con la ropa sostenible. Las empresas que la producen se basan en el incremento del beneficio, como todas las empresas. Esto lo considero incompatible con la sostenibilidad en sí. Quizá sean una buena opción como transición, como algo momentáneo. Se debería dar una transformación o, incluso, hacer desaparecer el sistema actual de producción y consumo”.

Kareaga realiza la crítica al modelo de producción y consumo de la ropa que entra dentro del concepto fast fashion. Mónica cree que cualquier modo de producción es, actualmente, innecesario.

La Euskadi de la segunda mano

El creador de la firma sostenible BASK cree que en Euskadi existe una mayor conciencia climática con respecto al resto del Estado, pero que «no podemos compararnos» ni con el resto de Europa «ni con una comunidad indígena». Ellos, los indígenas, sí que tienen conciencia verdadera y un respeto a lo que les rodea”. Y es que a Euskadi han llegado iniciativas como la segunda mano de la mano de diferentes entidades. Y de la mano, por tanto, de diferentes intereses.

Si se habla de moda y gran comercio, se habla de Arizona Vintage, que cuenta con una tienda en Bilbao y otra en Donostia. En cambio, si se habla de Koopera, se habla de una gran cooperativa destinada a la inserción laboral y al compromiso con los excluidos socialmente haciendo un alto en el camino a través de una segunda vida de la ropa depositada en los grandes contenedores de Cáritas. “Economía social y solidaria”, proclaman. Cuentan con 19 tiendas solo en el territorio vasco, tres más que la suma del resto de tiendas extendidas a lo largo y ancho de la península ibérica.

Si se piensa, en otro caso, de pequeño comercio, se piensa en Flamingos: ropa al kilo. Ropa de segunda mano y en tendencia por la que pagas según su peso. Gracias a Arizona Vintage, Koopera y Flamingos, Bilbao entra, para The Guardian, entre las seis mejores ciudades europeas para comprar textil de segunda vida, textil retro, textil único.  

AL KILO

Ana es una de las dos propietarias (junto a Mariona) de la pequeña y peculiar tienda donde no tienes que mirar la etiqueta sino lo que la balanza marca: Flamingos. “Con la llegada del movimiento por el cambio climático en las calles, ahora entra más gente, aunque sea a curiosear”, puntualiza Ana. La tienda es más bien un armario minúsculo que transporta al siglo pasado a quien se atreve a entrar. Los Levis, los cueros y las crazy jackets marcan el recorrido visual. Muy colorido. “La ropa de antes estaba hecha para aguantar en el tiempo. Eso detiene, de alguna manera, el consumo de fast fashion”, asegura. Y ese es el grano de arena que aporta Flamingos. Grano de arena al kilo. (Clic para conocer Flamingos)

800 metros cuadrados de segunda vida

La mayor tienda vintage de Europa, a pesar de la recomendación de The Guardian, está en Madrid. Su nombre es Vintalogy y su propietaria es Teresa Castanedo, periodista de profesión. Vintalogy está hoy formada por cinco tiendas. La que se encuentra en el número 10 de la calle Atocha tiene 800 metros cuadrados. 800 metros cuadrados de segunda mano y moda. Eso se encarga de hacer saber la propia Teresa: “La segunda mano no es solo moda. Vintalogy no es solo moda. Existe un compromiso claro con la sostenibilidad”.

“Yo siempre comparo la ropa de segunda mano con los cubiertos que se usan en un restaurante. O con las sábanas de un hotel. Tienen varios usos y nadie se lo plantea. Nadie se echa las manos a la cabeza. No tienes una cama nueva para ti, no hay una nueva vajilla para ti. Alguien ha dormido antes donde tú has dormido. ¿Por qué nos cuesta entenderlo de la misma forma con la ropa?”, explica como si le estuviera dibujando un croquis a quien no comprende la segunda mano como una alternativa.

PRODUCCIÓN, ¿DÓNDE?

Pero a la propietaria de Vintalogy no le vale con dejar clara su posición, denuncia los excesos que se cometen en el proceso de producción de ropa de usar y tirar en la industria de la moda: “Las grandes marcas no están sabiendo adaptarse a la oportunidad y a los que realmente se exige. La ética no es hacer recogida de ropa usada que no sabemos dónde va a parar, porque tus ingresos como empresa provienen de la industria de ropa nueva, de la producción en fábricas fuera del país y con trabajadores mal pagados. Traslada tus fábricas a Valladolid, contrata a 1500 trabajadores de Burgos y compra las telas en Valencia. Poner la etiqueta de sostenible no es adaptarse a la realidad, sino al mercado. Alimentar el consumismo”. (Clic para conocer Vintalogy)

La pregunta es en qué medida el consumo de textil de segunda mano ayuda a paliar los efectos del cambio climático. Celia Ojeda, responsable del área de Consumo de Greenpeace, explica que “la ropa de segunda vida» es una alternativa al consumo de ropa, «sobre todo cuando hablamos de fast fashion«, por «no volver a utilizar las materias primas y los recursos energéticos que se emplean para una primera producción». «Ya con esto podemos hablar de una mayor ética de consumo en la industria de la moda”, reflexiona.

MODA Y CONCIENCIA SE RETROALIMENTAN

Ojeda plantea que la moda y la conciencia climática “en este caso se retroalimentan”. Joaquin Phoenix ha recogido todos los premios de este año con el mismo chaqué, y no han sido pocos. Se ha paseado con el mismo traje por la alfombra roja de los Oscar y de los Globos de Oro. A Phoenix se le unió la activista Jane Fonda, arrestada varias veces por manifestarse en pro de la ecología. Ella se paseó por la misma alfombra con su vestido rojo, ya reconocido por la comunidad verde como un símbolo de la lucha contra, entre otras, la industria de la moda. “Este tipo de movimiento y gestos contribuyen a su visibilidad”, asegura Ojeda.

“La emergencia climática ha llegado a la ropa. Puede que haya gente que lo viva como una moda, pero quienes lo impulsan lo hacen desde la conciencia. Lo necesario no es disociar moda de conciencia sino recalcar que hay una mayoría de consumidores con esta ética de consumo”, concluye. Al hilo de lo que señalan desde Greenpeace, Mónica dice que, desde su perspectiva «está bien» que se normalice si es por moda. «Que deje de importar si la segunda mano es ropa de segunda mano. Si se consume por ser más barata o por gusto. Chapeau, afirma.

Datos: 8,5 kg/persona

Según la Asociación Empresarial del Comercio Textil, Complementos y Piel (ACOTEX) el consumo de moda supuso un un 8% de la cesta de la compra en 2018. Del mismo año, el informe de la Asociación Ibérica de Reciclaje Textil (ASIRTEX) revela que más de 900.000 toneladas de ropa usada acabaron en vertederos en España. Los datos de Global Fashion Agenda (GFA), de 2015, señalan que el consumo mundial de prendas fue de 62 millones de toneladas para una población de 7.300 millones de personas, es decir, 8,5 kilos/persona. Se espera un incremento del consumo. Tanto es ello que las previsiones de la GFA prevén que para el año 2030 el consumo alcanzará los 102 millones de toneladas. Con esos datos, se concluye que la industria de la ropa de segunda vida apenas tiene incidencia.

Diseñadores de moda a salvo

Es por ello que la profesión del diseñador sigue viva. Viva, sí, pero como señala la diseñadora Ibone Extebarria, con implicación ética: “La moda sería más sostenible sin el nacimiento de la ropa de consumo rápido, lo que originaría una producción menos contaminante y más controlada”. Icía Vázquez, diseñadora de moda, voluntaria y coordinadora del grupo de voluntarios de Greenpeace en A Coruña (clic aquí para conocer a Icía), denuncia en la línea de su compañera de gremio la mala praxis, pero con más rotundidad: “La moda tan barata la pagan quienes la trabajan en la India cosiendo 12 horas al día por 5 céntimos al día. Es una aberración”, a lo que añade que “todo lo que se produce” será “imposible de gestionar” en un futuro cercano.

Su Trabajo de Fin de Grado fue un acto político de denuncia a la industria de la moda y del consumo: una pasarela de modelos ataviados con plásticos y papel en sus múltiples despliegues y formas. (Clic para ver la pasarela) “Quería expresar visualmente lo rodeado de basura que nos encontramos. Mis abrigos y sombreros son de papel, aunque el plástico es lo que más preocupa. Papel y plástico, ambos hay que tratarlos. Reemplazar las bolsas de plástico por las de papel es un parche más”, aclara Icía. “La moda tiene un gran poder comunicativo. Es una buena herramienta para plasmar las preocupaciones. Y mi preocupación es el consumo”, sentencia.

Además, Ibone aclara que no es necesario, desde su punto de vista como diseñadora, consumir ropa nueva, pues “es una opción que los diseñadores brindan a los consumidores creando así una nueva necesidad a la que cada persona libremente pueda unirse”. Icía va más allá y propone una solución: la educación. Reconoce, también, “la responsabilidad” de quienes se dedican al textil y la industria de la moda: “Hay pocos diseñadores abordando la sostenibilidad y los que lo hacen se centran en los tejidos. No hay una crítica al sistema de consumo sino cierto maquillaje de cara a la producción”.

La habitación propia de mónica

Mónica ha customizado su habitación usando mobiliario abandonado. “La gente se deshace de cosas y yo las adopto”, reconoce. Sí, Mónica adoptó una mesilla de la basura. Y una ikurriña. Ha hecho de su dormitorio una habitación propia, como Virginia Woolf. Admite también tener un fondo de armario colorido y, sobre todo, único, porque vestir es activismo: “La ropa es política desde que expresamos quiénes somos. Nos reconocemos en ella, crea un sentimiento de comunidad. La ropa es política cuando es vestida, pero también consumida”, dictamina Mónica en su disertación personal, en su diálogo consigo misma. 

La cara verde de Inditex

Greenwashing es un concepto inglés que hace referencia al lavado de cara para con el medio ambiente. Se usa para denunciar las prácticas corporativas que realizan algunas grandes marcas, entre ellas Inditex, con el objetivo de limpiar su imagen. Colocarse la etiqueta verde y adaptarse a un mercado que exige un mínimo de respeto ambiental. Mónica parece tenerlo claro, sabe detectar el lavado de cara de algunas de estas conocidas empresas: “Estoy hasta los ovarios de que las grandes corporaciones compren espacios de información para sus campañas de greenwashing. Realmente tienen la capacidad de ocultarnos qué hacen porque tienen el dinero para hacerlo”.

iNDITEX

Es Inditex quien ha llevado a cabo este tipo de prácticas. “Queremos ayudar a nuestros clientes a reutilizar y a reciclar. Para ello, hemos instalado contenedores de recogida de prendas, calzado y accesorios en 1.382 tiendas”, reza su Web oficial.

Ainhoa Sanz, que regenta la cooperativa Geltoki, donde hay un rincón con ropa de segunda mano en colaboración Traperos de Emaús –iniciativa social para la lucha contra la pobreza y la exclusión social–, también critica esta forma de mercado: “La gente se pregunta a dónde va la ropa en desuso de las grandes marcas. Incentivar acciones como la de dejar la ropa que te sobra de tu armario a cambio de bonos alimenta el consumismo”. (Clic para conocer Geltoki Iruña)