La clase obrera siempre ha estado aquí

1 de mayo de 2020, Día Internacional de los Trabajadores

¿Dónde están los que sentenciaron la muerte de la clase obrera? Nadie niega ahora que los trabajadores se están echando el país a sus hombros. Han caducado ya los nuevos términos y las piruetas analíticas de universitarios pequeñoburgueses con vergüenza de serlo.

Las clases existen y se vislumbran nítidamente. Ayer y hoy. Desde aquel 1 de mayo de 1886 en el que los Mártires de Chicago se dejaban la vida por defender nuestra jornada laboral de 8 horas hasta estos días en los que familiares y amigos se juegan la vida por ir a trabajar innecesariamente, y para otros, en un contexto de pandemia mundial.

Aunque alguno quiera negarlo, la clase trabajadora seguirá existiendo hasta el día en el que se emancipe y, como apuntó Marx, con ella lo haga toda la sociedad. Hoy, en el Día Internacional de los Trabajadores, vamos a intentar analizar de forma superficial la actual situación de la clase obrera y cómo nos ha afectado el coronavirus y el confinamiento.

¿FIN DEL PRECARIADO?

Los ecos del “precariado”, “la gente”, “el 99%” y demás inventos quedan ya atrás. La crisis cíclica del capitalismo, acelerada por la Covid-19 y agudizada por el brusco parón de la producción económica ha dejado al descubierto los intereses de todas las clases sociales.

Es destacable también el tropiezo de la ideología hegemónica; tanto de su vertiente neoliberal, como de la posmoderna. Ahora la gente habla de “las cosas de comer”, como decía Teresa Rodríguez, y de cómo planificar la salida de esta situación. El “sálvese quien pueda” o los debates sobre el género fluido y el trans-especismo son, cada vez más, un eco del pasado.

La clase obrera, en toda su rica diversidad, está desarrollando (o eso creemos ver algunos) conciencia de sí misma. Muchas asociaciones que luchan por sus derechos se están organizando y creando plataformas como el Plan de Choque Social o iniciativas como la huelga de alquileres. La existencia de la clase trabajadora en sí, junto con la organización de mucha gente convencida de que solo unidos vamos a salir de esta, son el primer paso hacia la idea de ser una ‘clase para sí’.

CLASES Y CLASES

Para analizar lo que está pasando estas semanas, nos sirve dividir a la sociedad en varios grupos:

En primer lugar, hay algunos que van todos los días a currar jugándose la vida. Trabajadores esenciales o, también, no esenciales obligados por la patronal y el Estado a anteponer el interés de las empresas frente a su vida. Hay otros teletrabajando, otros con la incertidumbre de un ERTE y muchos que ya no tienen la “suerte” de tener un empleo. Hay también abuelos que llevan toda su vida deslomándose y que ahora no pueden disfrutar de un merecido descanso sin ningún tipo de miedo.

Merece mención particular la situación de los estudiantes de clase obrera, obligados a sacar el curso de forma autónoma, con nota y estudiando en pisos de 70 metros cuadrados con toda la familia en casa. Esto, claro, los que tenemos el nunca privilegio (porque es un derecho) de estudiar.

ENCERRADAS CON SUS MALTRATADORES

Hay mujeres víctimas de violencia machista atadas por la dependencia económica y condenadas a vivir, ahora 24 horas, con maltratadores. Hay presos, detenidos por protestar o por dar de comer a los suyos, que viven todo esto en unas condiciones infrahumanas. Por último, no olvidemos que también hay una cuestión generalizada relacionada con la salud mental, que mucho tiene que ver con la clase social a la que se pertenece.

Si continuamos analizando nuestra sociedad vemos que hay algunos que se sitúan en el medio de la escala, la llamada “clase media”; esa de la que varios de sus miembros reniegan y a la que todos sus no-miembros quieren pertenecer. Es evidente que la clase media es un invento, una ficción. La clase media no existe. Esto, sin embargo, no quiere decir que todo aquel que no sea Amancio Ortega forme parte de la clase trabajadora. Existen la pequeña y mediana burguesía.

PEQUEÑOS Y DESCLASADOS PROPIETARIOS

Algunos pequeños propietarios, tienen intereses contrarios a los trabajadores (véase los pequeños arrendadores, frente a las familias que tienen que pagarles el alquiler). Aunque puede que muchos de ellos, debido a la proletarización que se va a dar y a la destrucción de PYMES que ya se está dando, pasen a formar parte de la clase trabajadora dentro de poco.

De nuevo Marx, de forma casi profética, decía lo siguiente:

“Los estamentos medios —el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el campesino—, todos ellos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales estamentos medios. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Más todavía, son reaccionarios, ya que pretenden volver atrás la rueda de la historia. Son revolucionarios únicamente por cuanto tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado, defendiendo así no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, por cuanto abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado”.

‘rESISTIRÉ’ EN MI CHALET

Sabemos también que hay otros que no lo pasan mal en ningún grado y que tampoco van a currar. Son gente que vive en casas que son 10 veces más grandes que las de un trabajador esencial y que no les resulta muy complicado el confinamiento (por mucho que hagan el ridículo cantando el ‘Resistiré’). Algunos de ellos incluso llevan apellidos rimbombantes o tienen la mala costumbre de procrear entre primos. Creo que nos entendemos.

Hay otros que despiden, que no dan EPIS, que hacen ERTES o que obligan a trabajar sin medidas de seguridad a sus empleados. Son los mismos que donan migajas de lo que anteriormente estafaron, que controlan los medios de comunicación, que alentan a la reactivación de la economía o que llevan apellidos referentes al ‘botín’ que han obtenido siempre a costa de nosotros. Creo que nos seguimos entendiendo.

ni sirven ni protegen

También hay otros (no nos olvidemos) que, acomplejados por sus carencias y sus miedos reprimidos, lucen su uniforme como estandarte de abusos con más impunidad que nunca. Son un grupo social, quizá con condiciones de vida parecidas a las nuestras, pero que optaron por no ser de los nuestros y defender ciegamente la ley de los del botín sin cuestionarse a quien “sirve y protege” el echar a una familia de su casa.

La nueva “normalidad” ha dejado a un lado lo superficial y nos ha enseñado lo importante de la forma más cruda. Al mismo tiempo ha afectado también a nuestra forma de pensar. Como sociedad tenemos algo un poco más claro después de esto: lo público es sinónimo de vida y esa “cosa pública” o ‘res pública’ quienes mejor la organizan y quienes la están levantando día tras día son los trabajadores.

instrúyanse, conmuévanse, organícense

La enfermedad pasará. Será cuestión de semanas, meses o años, de una vacuna y de una desescalada progresiva de las medidas sanitarias. Pero recordemos que la enfermedad SÍ entiende de clases. Lo que no pasará será la crisis de un capitalismo en ruinas, que esta vez tiene difícil una refundación cómoda como la propuesta por el expresidente francés, Nicolas Sarkozy, hace unos años.

Recordemos todo esto que está sucediendo, recordemos a los que se han ido. Dependerá de la clase trabajadora construir el nuevo mundo o dejar que lo construyan sobre los nuestros y sobre nuestras espaldas. Es un momento propicio para recoger las palabras del líder del histórico PCI, Antonio Gramsci: instrúyanse, conmuévanse, organícense.

y abrácense

Pero lo primero es lo primero: cuando este confinamiento acabe, abrácense. Decía otro gran líder más reciente, llamado Ernesto Guevara, que “El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”. El nuevo mundo o lo construyen a sangre y fuego los dueños del antiguo o lo construyen los trabajadores guiados por estos sentimientos de amor.

¿Que dónde están los que sentenciaron la muerte de la clase obrera?

Ya nadie se acuerda de ellos.