¿Hay límites en el humor?

¿Tiene límites el humor? Sí, por supuesto que los tiene. Los pactan el humorista y el público que paga una entrada por ver el espectáculo. Ambos tienen las cartas sobre la mesa y saben que, en cualquier momento, un chiste puede herir la sensibilidad u ofender a alguien. El humor es ficción y, como toda ficción, es pasajero. Una ilusión que, como dicen los ofendiditos, causa daño. Ahora bien, ¿cómo cuantificamos ese daño?

Es totalmente imposible medir lo ofendido que está alguien. No hay una fórmula mágica, solo podemos confiar en la honestidad del insultado. El humor es, en palabras de Darío Adanti, como el sadomasoquismo: un juego entre partes que aceptan jugar a ese juego. No quiero dar a entender que todo humor sea aceptable, pero siempre debemos tener en cuenta el contexto en el que se realiza el chiste.

Una vez que pagada la entrada (metáfora de la relación entre el emisor y receptor) el destinatario permite que, indirectamente, el cómico interactúe con él: que les hable, vacile, les ofenda (en el buen sentido de la palabra), etc. Pero, al mismo tiempo, el humorista debe saber que límite no puede superar y tener ese tacto para adecuar el chiste al lugar y, sobre todo, al momento. ¿Os imagináis a un humorista haciendo chistes sobre el Holocausto en el recordatorio anual de las víctimas? Sería impensable. Pero ese mismo chiste en otro contexto diferente sería aceptable e incluso podría llegar a ser gracioso.

“¿Si me meto con los veganos que van hacerme? ¿Pegarme? No creo que puedan, no tiene proteínas”, Raquel Sastre, humorista

Todos los chistes siempre ofenden a alguien. El humorista, obviamente, debe hacerse cargo de sus comentarios. En este país tenemos la piel demasiado fina y no nos gusta que terceros se rían de nuestra condición. Puede llegar a ser comprensible. Pero, no podemos llegar al extremo de que humoristas como Rober Bodegas reciban más de 400 amenazas de muerte por cuatro comentarios sobre gitanos o que por algún chiste en redes sociales gente pueda ser encarcelada.

Me hace gracia que muchos se querellen o denuncien a cómicos porque han ofendido a equis colectivo (incluso los denuncian porque gente de dichos colectivos no se ofenda, como en el caso de Irene Villa). ¿No sería más sencillo que esas personas no consumieran ese tipo de contenido? El cómico no puede ser esclavo de la censura de lo políticamente correcto y lo que más me impacta es que la policía de lo moral persiga a los supuestos terroristas del humor. ¿No será más fácil, repito, bloquear o dejar de seguir a quien ha hecho el chiste que te ha molestado? Pregunto.

A todos los humoristas que hacen humor con victimas, veganos o disfuncionales: los ofendidos siempre tienen la razón, aprended a respetar, subnormales.

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